Artículo sobre el Naturalismo y Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán y el Naturalismo

José Manuel González Herrán

Universidad de Santiago de Compostela

                                               

 

Una advertencia antes de exponer muy sumariamente lo que en otro lugar desarrollo con el pertinente aparato crítico y documental: no he titulado estas notas «El naturalismo de E. P. B». porque cada vez me parece más discutible la adscripción de algunas novelas de la Condesa a aquella estética (aunque sea con etiquetas -«naturalismo espiritual», «naturalismo católico» o «naturalismo a la española»- que no hacen sino evidenciar lo errado de tal intento); ahora bien, al margen de que su producción narrativa tenga mucho o poco que ver con las propuestas de Émile Zola, no es posible prescindir de la autora de La cuestión palpitante al tratar sobre «el naturalismo español» (si es que hubo tal cosa en nuestras letras del XIX); como ella misma recordaba en 1902, «a mi iniciativa se debió que el naturalismo fuese discutido, no tan lánguidamente ni tan desde afuera como aquí suelen discutirse las novedades literarias» («Emilio Zola», O. C., III, p. 1.249). Pero no será de la novelista de La Tribuna, Los pazos de Ulloa o Insolación de quien me ocuparé aquí, sino de la historiadora y crítica que dedicó un buen número de trabajos (no todos suficientemente divulgados hoy) a entender y explicar a sus contemporáneos españoles e hispanoamericanos el movimiento de las letras europeas en el último cuarto del siglo XIX y primero del XX; y en ese empeño, acaso fuese el naturalismo francés al que dedicó más atención. Me propongo pasar rápida revista a los escritos que doña Emilia dedicó a esa cuestión, rastreando la evolución de sus posturas al respecto y sintetizando su pensamiento; queda fuera de mi intención una interesante vertiente del problema: la conexión que pueda haber entre los planteamientos teóricos de la coruñesa sobre esta estética y su práctica novelística.

Suele afirmarse que el prólogo que escribe para Un viaje de novios (1881) es su primera toma de postura a propósito de la cuestión y acaso uno de los más tempranos manifiestos del naturalismo español; conviene advertir que, si bien es cierto que en él la coruñesa defiende la oportunidad del realismo de la «moderna escuela francesa» -en ningún momento emplea el término «naturalismo»- y acepta una concepción de la novela que sea «estudio social, psicológico, histórico» (sin que por ello deba tener intención docente o moralizadora), no deja de señalar algunos de sus «yerros artísticos»: la predilección por lo escabroso, las prolijas descripciones, el tono constantemente pesimista (O. C., III, p. 579). Más cercano a los presupuestos de Zola parece el prólogo a La Tribuna (fechado en octubre de 1882, por los días en que iban apareciendo en La Época los artículos de La cuestión palpitante); así, afirma que su libro no es novela, sino «estudio de costumbres locales» en el que «los elementos todos del microcosmos están tomados, como es debido, de la realidad», con absoluta objetividad e imparcialidad autorial); y a quien le acuse de pintar al pueblo con «crudeza naturalista», responde que ha querido huir del idealismo de Trueba o Fernán Caballero, por no desviarse «de la realidad concreta y positiva» (O. C., II, p. 103).

Para valorar en sus justos términos lo que significa La cuestión palpitante, conviene tener en cuenta -y el dato suele olvidarse- que inicialmente se escribió para ser publicada por entregas en un diario; no es, pues, un estudio académico, sino un ensayo de divulgación periodística -como antes había escrito sobre la electricidad, el darwinismo o las culturas orientales- acerca de un asunto sobre el que, a su juicio, se estaba discutiendo sin suficiente información. Lo hace a través de un rápido repaso a la historia del género novelesco (preferentemente, en Francia; algo menos, en Inglaterra y España), desde la épica clásica y medieval hasta llegar a la situación presente, ejemplificada por los autores realistas y naturalistas, cuyos presupuestos expone y critica; pero el resultado está muy lejos de ser una teorización, sistematización o preceptiva del naturalismo novelesco. Ni tratado teórico sobre el naturalismo ni menos, como creía Valera, un «arte nuevo de escribir novelas» a la manera de Zola; otra cosa sería, como a veces se ha intentado, deducir de esta obra una teoría de la novela (pardobazaniana o naturalista en general); a mi juicio, tal lectura es errónea y olvida las explícitas declaraciones de la autora: sus ideas sobre el género, su poética novelesca está formulada (o mejor, se va formulando, pues está en constante revisión y reformulación) en los prólogos de sus propias obras narrativas, desde Pascual López a La Quimera, y también en algunos de sus textos histórico-críticos.

A partir de 1884, con el ruidoso impacto de La cuestión palpitante y la polémica subsiguiente, parece que Pardo Bazán comienza a distanciarse del zolismo; un alejamiento que en ningún momento supone descalificación de la doctrina del maestro francés, hacia el que guardará siempre una fervorosa admiración. Además de lo que puede advertirse en algunos de los artículos de la polémica, los primeros síntomas de tal alejamiento se hacen explícitos en sus «Apuntes autobiográficos» (1886), cuando, refiriéndose al libro de 1883, declara que en él examina «la estética naturalista a la luz de la teología, descubriendo y rechazando sus elementos heréticos, deterministas y fatalistas, así como su tendencia al utilitarismo docente, e intentando un sincretismo que deja a salvo la fe» (O. C., III, pp. 722-723). Un paso más en ese proceso se manifiesta al año siguiente, en sus conferencias sobre la literatura rusa; en ellas, más que -como a veces se ha dicho- sustituir en su devoción a Zola y el naturalismo francés por Tolstoi y el espiritualismo ruso, doña Emilia ofrece una visión más totalizadora y comprensiva de lo que en el movimiento literario europeo ha significado la propuesta de Le roman expérimental.

Desde 1891 las alusiones de doña Emilia al naturalismo no serán ya de defensa o crítica, sino de interpretación, juicio o valoración con cierta perspectiva histórica, como corresponde a un movimiento literario que ha cumplido ya su papel; por otra parte, cada vez insiste más en relativizar su adhesión a aquella estética, hasta el punto de que, en ocasiones, da la impresión de que sus reservas de 1883 habían sido mayores de lo que parecían; de todo ello hay abundantes muestras en algunos textos críticos fechados entre 1891 y 1911 («La novela novelesca» [1891], «La nueva cuestión palpitante» [1894], «Emilio Zola» [1905], «Fernando Brunetière » [1907], «El Conde León Tolstoi» [1910-1911]; en O. C. III, pp. 999-1.002, 1.157-1.195, 1.224-1.227, 1.296-1.314 y 1.497-1.519, respectivamente) y, sobre todo, en La Literatura Francesa Moderna, III. El Naturalismo (Madrid, Sáez Hermanos, s. a. [1914]), donde ofrece su juicio histórico sobre Zola, su narrativa y su estética. Señala ahí las principales contradicciones que se advierten entre la teoría y la práctica novelística del autor de Nana: su pasión moralizadora y utilitarismo docente, la mezcla de positivismo e idealización que deriva de su raíz romántica. Pero, por encima de cualquier matización, su dictamen es fundamentalmente positivo: «con sus amaneramientos y desvaríos, la teoría de Zola fue un movimiento necesario de la evolución estética (…). Lo que cayó de un modo definitivo, allá por 1891, fue el naturalismo de su escuela, la fórmula de Zola, que por tantos estilos no se tenía en pie, en la cual ni Zola mismo creía (…). En cuanto elemento esencial del arte que hoy domina por el estado intelectual y social, claro es que no puede morir» (Op. cit., pp. 113-114).

Repasados así, muy sumariamente, los escritos que Pardo Bazán dedicó a lo largo de su dilatada carrera literaria a comentar el naturalismo, veamos, como conclusión, las líneas fundamentales de su pensamiento, como historiadora y como crítica, acerca de aquella escuela. Lo primero que conviene recordar es que, precisamente por esa doble actividad (triple, si a su obra histórico-crítica añadimos la creativa), dilatada, además, a lo largo de treinta y cinco años, la postura de nuestra autora es muy compleja; hay notables diferencias entre la novelista que en Un viaje de novios presenta y defiende una manera aún novedosa para el público español, la crítica que reseña o traduce títulos recientes de Zola o los Goncourt, la historiadora que diseña un panorama de los movimientos literarios de Francia en el XIX. No es lo mismo defender a Zola en las páginas de La Época en 1882 que juzgar su obra en una lección en la Residencia de Estudiantes en 1916. A veces, cuando se estudia la polémica española a propósito del naturalismo, se olvida que, mientras la mayor parte de los críticos cuyos textos se analizan (Alas, Cánovas, Revilla, González Serrano, Valera, Menéndez Pelayo, Alarcón…) sólo se ocuparon de aquella cuestión mientras fue palpitante (la década del 80), doña Emilia siguió muy atenta la evolución del movimiento naturalista en las letras europeas y tuvo ocasión de estudiarlo con cierta perspectiva histórica, bien entrada ya la siguiente centuria. En todo caso, por encima de los indudables cambios de gusto o de las contradicciones de la propia escritora, es posible encontrar algunas constantes en sus puntos de vista.

En su artículo «Pedro Antonio de Alarcón» (1891-92) declaraba Pardo Bazán: «no soy idealista, ni realista, ni naturalista, sino ecléctica» (O. C., III, p. 1.361). Aun relativizando algo tan categórica afirmación (que se contradice con palabras suyas de otros momentos), no cabe duda de que en esa postura ecléctica se encuentra la explicación de su   -18-   actitud ante la propuesta de Zola: tanto el rechazo a lo que en ella podía haber de exclusivismo, como el reconocimiento de las aportaciones dignas de ser imitadas. En consecuencia, podemos organizar el dictamen de doña Emilia en dos apartados, según lo que acepta y lo que rechaza de aquella escuela. Comenzando por esto, ya en el capítulo segundo de La cuestión palpitante señalaba las grandes limitaciones del pensamiento de Zola: su visión materialista del hombre y su concepción utilitaria de la novela. Lo primero le parecía radicalmente condenable desde el pensamiento cristiano («Escribir como si Cristo no hubiese existido, ni su doctrina hubiese sido promulgada jamás, fue el error capital de la escuela», diría en su libro de 1914, pp. 112-113); lo segundo iba en contra de uno de los presupuestos más queridos de su credo estético: «el objeto del arte no es defender ni ofender la moral, es realizar la belleza», había escrito en 1884, en una de sus cartas a Luis Alfonso, en la polémica sobre La cuestión palpitante (O. C., III, p. 658). Por otra parte, la escritora que en 1877 había publicado en La Ciencia Cristiana unas «Reflexiones científicas contra el darwinismo» no podía menos que manifestar su repulsa por todo lo que el pensamiento de Zola debía a The Origin of the Species; una objeción que no sólo era moral, sino que se pretendía científica o metodológica: «el darwinismo no pertenece al número de aquellas verdades científicas demostradas con evidencia por el método positivo y experimental que Zola preconiza», observaba en el capítulo XIV de La cuestión palpitante.

 

Se ha dicho que el interés de doña Emilia por el naturalismo es una muestra más de su temprana curiosidad por las cuestiones científicas (en la medida en que la propuesta de Zola pretendía acercar el método experimental de las ciencias a la actividad literaria); pero no debe olvidarse que por entonces (principios de la década del 80) la coruñesa era autora ya de algunas novelas y ensayos de crítica literaria; por tanto, el naturalismo satisfacía a la vez los dos campos que, en aquel tiempo, atraían a la escritora: el método científico y la creación artística («lo que hay en el fondo de la cuestión -escribía en mayo de 1883 a Menéndez Pelayo- es una idea admirable, con la cual soñé siempre, la unidad de método en la ciencia y en el arte»). Aunque conviene recordar que, con el tiempo, llegaría a encontrar pretencioso y erróneo el prurito cientifista que Zola daba a su propuesta de roman expérimental, no dejó de reconocer la singular aportación metodológica que con ello se introducía en el arte narrativo: el empleo de las técnicas de observación y análisis riguroso, que posibilitaba un más exacto reflejo artístico de la realidad.

«La literatura no es causa, sino efecto y expresión social», decía doña Emilia en una conferencia en la Residencia de Estudiantes, en diciembre de 1916 (O. C., III, p. 1.547), y casi treinta años antes, en sus lecciones sobre la literatura rusa había afirmado que «el único medio de darse cuenta del movimiento naturalista es considerarlo condicionado por el medio social (…) el gran principio de la realidad se aplica de muy diferente manera en cada país» (O. C., III, p. 878). Ese postulado, que es constante en su concepción estética, tiene como corolario el que todo movimiento literario debe ser comprendido y valorado en el momento y en la sociedad que lo ven surgir. Tal consideración histórica, aplicada al naturalismo, es probablemente lo más acertado de su aportación a aquel debate. Pardo Bazán supo valorar así el sentido que en la evolución de la literatura europea de su tiempo tenía la propuesta de Zola, notando la evidente deuda y las pervivencias románticas que mostraba, pero también aquello en que superaba las limitaciones del propio romanticismo; por otra parte, advirtió cómo los movimientos que cronológicamente sucedieron al naturalista -simbolismo, misticismo, decadentismo- eran lógica consecuencia de él y desarrollaban facetas allí apuntadas. Ése es el sentido que quiere expresar cuando pondera la oportunidad («oportunismo», dice) de la escuela.

La otra consecuencia que se deduce de lo que llamaríamos consideración histórico-social del naturalismo francés, es su problemática adaptación o aplicabilidad a otras sociedades y culturas. Ya en el capítulo XX de La cuestión palpitante escribía que «en España realismo y naturalismo han de tener muy distinto color que en Francia»; y en sus conferencias sobre la novela rusa insistía: «¿Por qué son tan diversos el naturalismo francés, la escuela natural rusa, el realismo inglés, el español, el verismo italiano? Porque cada uno de estos ritos del culto de la verdad es adecuado al país en que nació, al momento y a la ocasión en que se cumple» (O. C., III, p. 878). Por ende, no tenía sentido, y doña Emilia nunca lo defendió -aunque otra cosa dijesen sus detractores- el repetir en España miméticamente la propuesta de Zola; más bien lo que ella defendía (y en ello coincidía con Menéndez Pelayo, entre otros) era una reivindicación del realismo español («nuestro realismo nacional, tradición gloriosísima del arte hispano», como había dicho en el prólogo a Un viaje de novios, O. C., III, p. 572). Con ello no sólo propugnaba la revitalización de algo que tenía por lo más pertinente a la sociedad y cultura españolas, sino que -de nuevo, el eclecticismo- se acogía a la estética que, a su juicio, evitaba las limitaciones y los excesos de las otras escuelas: «el realismo en el arte nos ofrece una teoría más ancha, completa y perfecta que el naturalismo. Comprende y abarca lo natural y lo espiritual, el cuerpo y el alma, y concilia y reduce a unidad la oposición del naturalismo y del idealismo racional. En el realismo cabe todo, menos las exageraciones y desvaríos de las escuelas extremas, y por precisa consecuencia, exclusivistas» (La cuestión palpitante, cap. III). Pero había algo más, también muy importante, si recordamos las objeciones filosóficas (o, mejor dicho, religiosas) que Pardo Bazán formulara a propósito de la doctrina de Zola; así lo explicaba en su opúsculo El Padre Luis Coloma (1907): «el naturalismo francés (…) se diferencia del realismo tradicional en nuestras letras, no tanto por los procedimientos cuanto por el fondo filosófico de sus doctrinas. El que no sea determinista, fatalista y materialista no puede aceptar el fondo de Zola» (O. C., III, p. 1.459).

Esta objeción -acaso la fundamental de las suyas a la fórmula del francés- nos lleva al último punto que quiero mencionar en estas notas; como es sabido, el aspecto más tópicamente denostado por los detractores del zolismo (y no sólo los españoles, pues también lo hicieron los franceses de su tiempo) fue su tendencia a lo escabroso, la obscenidad de situaciones, comportamientos o descripciones; o, simplemente, lo que tachaban de sistemático mal gusto (eso que Alarcón llamaba la mano sucia de la literatura). Pues bien, escasa es la preocupación que doña Emilia muestra por ese problema, que resuelve distinguiendo nítidamente entre lo moral y lo grosero, recordando que si en el naturalismo hay alguna inmoralidad, ello será por «su carácter fatalista, o sea, del fondo de determinismo que contiene», y no porque tales libros no puedan «andar en manos de señoritas» (La cuestión palpitante, cap. XVI). Lo cual no impide, por supuesto, que la escritora coruñesa censure repetidamente lo que tiene por manía zoliana de incidir en los aspectos más animales de la condición humana; pero, repito, esa censura va más allá de las cuestiones del buen o mal gusto y alcanza a los fundamentos de aquella doctrina. Como escribiría en su libro de 1914, «lo que el vulgo, letrado o no, veía en el naturalismo francés, era lo que irrita la curiosidad, lo burdo, lo grueso de las licencias, desafueros y osadías de la retórica de Zola y sus secuaces; el atractivo malsano, el cebo de porquerías y obscenidades que juzgaban recocidas, por decirlo así, en jugos y fermentos de una civilización descompuesta (…). Del fondo, realmente pernicioso, de la tendencia; de la anulación de la voluntad humana; del positivismo crudo y pseudo científico que envolvía prescindieron todos» (op. cit., pp. 17-18).

Sirvan esas palabras, buena muestra de esa mezcla de comprensión e incomprensión de que doña Emilia hizo gala a propósito de Zola, como conclusión y síntesis de este repaso a su postura crítica frente al naturalismo.

Published in: on enero 29, 2008 at 8:08 pm  Comments (3)  

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  1. Resumen del argumento

    Capítulos 1-5

    El capellán cabalgaba raudo sobre un caballo que, lejos de obedecerle, trotaba a paso ligero, haciendo sufrir a su pobre jinete, que lucía una colorada cara.
    Como el hombre iba un poco desorientado, paro varias veces a preguntar el camino hacia los Pazos de Ulloa, y si bien todos eran capaces de señalarle la dirección, ninguno lo era de calcularle el tiempo.
    Un tanto enfurruñado, se dirigió hacía donde le indicaron, con la suerte de encontrarse con el marqués y su mano derecha, Primitivo, que volvían de una jornada de caza. Juntos, se dirigieron al castillo, donde les esperaba en la cocina la sirvienta Sabel, hija de Primitivo, y un muchachito llamado Perucho, que parecía ser su hijo. Después de la cena bebieron unas copas, y el capellán observó horrorizado como emborracharon a Perucho hasta que cayó desmayado. Más tarde, Sabel acompañó al capellán a sus aposentos, de donde no salió hasta la mañana siguiente. Cuando despertó Julián, fue al huerto con el marqués, donde este lo puso al día de los archivos de la hacienda. Lo llevó a una sala llena de libros de cuentas, que Julián prometió ordenar, sin la ayuda de nadie. Más cuanto más esfuerzo le ponía, más se derrumbaban todo y se desordenaban los papeles. En sus ratos libres recorrió la casa y se dio cuenta de que todos los hilos no eran movidos por el marqués como él creía, sino por Primitivo, que no le quitaba el ojo de encima. Al final, se fue retirando cada vez más a sus aposentos, limpiándolos y ordenando los libros él solo, ya que no quería ver a Sabel, por acercársele esta con sensuales insinuaciones. Para matar el aburrimiento, volvió a enfrascarse en las páginas místicas.

    Capítulos 5-10

    Julián había hecho muy buenas migas con Don Eugenio, el párroco de Naya, así que cuando este lo invitó a pasar el día en Naya para las fiestas del patrón, aceptó encantado.
    Cuando llegó, se encontró a todos los invitados en medio de un gran baile, y agotado, se fue a descansar. A la mañana siguiente ayudó en la iglesia en los preparativos de la misa próxima, y todo este misticismo devolvió a Julián tierna piedad y devoción, aunque no le duraron mucho. Después de misa vio a Sabel bailando con un mozo al aire libre, y la vista le aguó la fiesta.
    Era esa hora de comer, y entrando en el salón se encontró con una cocinera bigotuda, que les sirvió nada menos que veintiséis platos, todos consistentes en jugosas carnes y estofados. En la sobremesa, Julián se sintió desfallecer, pues por encima de las pícaras aunque ya normales disputas, se dejaron oír comentarios sobre él y Sabel. Furioso, se retiró de la mesa, junto con al Arcipreste de Naya, que lo llevó a los jardines y lo reprendió ligeramente por su falta de humor. Le explicó que no eran rumores ciertos, y que qué tonto que era si se dejaba alterar por ellos. En esa conversación se enteró de que Perucho era hijo de Sabel y el marqués, y eso la noticia lo llenó de preocupación.
    Al llegar a los Pazos encontró al marqués pegando con la culata de la escopeta a Sabel, por no tenerle preparada la cena, y al niño a un lado, que sin querer también había recibido. Fue Julián quien lo detuvo y lo llevó al patio, dejando a la malherida Sabel cocinando. Allí lo reprendió por sus actos, y le pidió que lo acompañara a casa del Señor de la Large, y encontrara esposa digna de él, a lo que el marqués accedió.
    Al llegar a la casa del Señor de la Large, fueron recibidos por las hijas de este. Ellas lo condijeron hasta su padre, que les obligó a presentarse como Dios manda y a abrazar a su primo. En la cena, Don Pedro iba mirando a sus primas, una a una, valorándolas, y se sintió muy atraído por Rita, la mayor, quien era bella, graciosa y confiada.
    En una de sus escapadas al patio, Nucha mostró a su primo una foto de su hermano Gabriel, su niño, que estaba de servicio, y finalmente entre todas decidieron enseñar al primo la ciudad. En sus paseos, el marqués se dio cuenta del amor de Manolita hacia el señorito de la Formoseda, el de Carmen hacía un universitario desprestigiado y sobretodo el de Rita hacia cualquiera que mostrara interés, lo que le desagradó mucho.
    En la intimidad, le contó esto a Julián, quien le desaconsejó que se casara con Rita, y le insinuó que eligiera a Marcelina, aunque no añadió más, así que el marqués decidió buscar información en un casino, donde un hombre le dio a entender lo mismo que el capellán. Pensando que le querían dar gato por liebre con Rita, se fue un tanto preocupado.

    Capítulos 11-15

    Don Manuel se preguntaba cuándo se decidiría Pedro a pedirle la mano de Rita, pero este aún no lo hacía. En el salón, las chicas lo llamaron para que las ayudara con un montón de cosas que habían encontrado en el desván. Allí empezaron a jugar, pues las chicas lo querían vestir con trajes viejos, y al no querer el primo, este las empezó a perseguir por toda la casa, entre gritos y risas. Pensando que Rita se había escondido en una habitación, entró y a oscuras cogió un cuerpo de mujer, más era Nucha, que se asustó enormemente. Tras disculparse se fue Don Pedro, un tanto avergonzado, aunque este incidente le dio en que pensar, y tras informarse en el casino, averiguó que Nucha tendría la fortuna de su tía Marcelina en herencia, además de ser una señorita muy respetable. Así fue que un día se presentó ante su tío, más le pidió la mano de Nucha, y no la de Rita, lo que sorprendió al Señor de la Large. Tras muchas objeciones, les dio su bendición, más toda la casa se revolucionó: Rita lloraba amargamente e insultaba a Nucha por haberle robado el novio, y dolida se fue a vivir una temporada con su tía Marcelina.
    La boda tuvo lugar en el mes de Agosto. No faltó la comida, ni los regalos ni los invitados. Gabriel, el hermano preferido de Nucha, le regaló una sortija, que se fue a unir a la que le pusieron en la Iglesia. Se casaron al anochecer, y después de la ceremonia se celebró una fiesta, un tanto íntima. Seria i solícita, la novia no paró de atender a los invitados ni un segundo, hasta que su padre la llevó a la cama nupcial, dejándola con un beso y sus felicitaciones, y allí la fue a encontrar Don Pedro.
    Al otro día el marqués fue a hablar con Julián, pues quería que lo dispusiera todo en los Pazos para cuando el y su esposa llegaran. Le advirtió del carácter de Primitivo, y Julián marchó, contento por el nuevo enlace. Más al llegar se encontró con un Primitivo servil y sumiso, que estuvo de acuerdo con los cambios que se propusieron y lo arregló todo para que cuando llegara la señora Marcelina lo encontrara todo se su agrado.
    A Sabel la encontró como de costumbre, en la cocina, aunque sin ninguna compañía, y pensar en su partida le llevó a dar gracias a Dios. Y es que se quería casar con el gaitero de Naya, y como es costumbre, tendría que marchar con él a su nueva casa en breve. Pasaron los días tranquilos, y si bien es cierto que Sabel no marchaba ya marcharía.
    En ciudad, Pedro echaba de menos los Pazos. Le fastidiaba la vida que llevaba y a menudo se peleaba con su suegro, que quería adocenarlo e instalarlo en Santiago. Así es que, cansado de pelas, marchó a los Pazos con Nucha. Pararon a medio camino, al ver a Primitivo que había venido a recibirlos, con una yegua para el señor y una burra terca para su esposa. Esta le dijo a su marido que no le importaba llevar una mala burra, pero que en su estado no podía, y Pedro, al entender que estaba embarazada, le llevó una burra dócil y apacible. Al llegar, a Pedro le molestó la presencia de Sabel, más se pasó los días cuidando a Nucha con dulce amor, dando paseos y viendo como la imagen de tan dulce niña se llenaba de vida. El único incidente importante fue cuando Nucha descubrió a Perucho, pero lo tomó por ahijado de su marido, así que aunque el peligro estaba ahí, aún no era importante.

    Capítulos 16-20

    Por entonces se dedicó el matrimonio Moscoso a pagar visitas a la aristocracia circunvecina, en los que Nucha se divirtió muchísimo y conoció a los personajes más importantes de los alrededores. El parto se veía cercano, pues Nucha cosía prendas diminutas para el bebé. Un día apareció Don Pedro contentísimo, y le anunció a Julián que se iba a por el médico, pues su mujer ya estaba preparada. El párroco, al sentirse un tanto inútil, se dejó llevar a un rezo constante, sin dormir ni casi comer, solo esperando que el dolor de la chiquilla cesase al fin. Pero el bebé no llegaba, y dio tiempo de que llegara el médico, e incluso una mujer para criar el infante antes de que naciera, y cuando al fin lo hizo, la madre se dejó caer, extenuada y con cara enfermiza. Se le cayó al marqués el alma a los pies al ver que no era un heredero lo que su mujer le traía, sino una hija.
    Tras el parto, Nucha quedó muy débil. Cuando Julián se atrevió a visitarla, ella, muy pálida, le enseño a la niña, orgullosa. Pero en la señora se observaba también mucha tristeza, que solo menguaba cuando cuidaba a su retoño. Nucha era muy reacia a dejarla con el ama, y se apegaba enormemente a ella, vistiéndola con amor y esmero. Mientras tanto el capellán le cogió afecto a la criatura, pero descubrió que Sabel volvía a ser la sultana de los Pazos, pues la descubrió una mañana saliendo de la habitación de Don Pedro. Indignada, pensó en marcharse, pero su amor a las señoritas se lo impidió. Una noche la despertaron los gritos de Nucha, y corrió hacia los alaridos, llegando a verla en un rincón y a Don Pedro con un arma en la mano. Pensó lo peor, pero resultó que tan solo estaban matando una araña que asustó a la chiquilla. A la mañana siguiente Marcelina se disculpó por el susto, pero le contó a Julián que sin saber porqué, todo le daba mucho miedo. Como para apalear el temor, los dos se dirigieron al desván, buscando un arcón para poner la ropa blanca, y ella se portó valientemente, hasta llegar a su habitación, donde se acaloró por el miedo pasado, y por los truenos que caían.

    Capítulos 21-25

    Poco después se celebró en los Pazos una gran cacería, y los hombres se reunieron la noche anterior, para beber, comer y contar historias inverosímiles antes de partir. Al final, obligaron a Julián a acudir, todo y que este no quería dejar solas a las señoritas de Moscoso. Mucho se rieron de él en los días de caza, pues ni con el mejor equipo logró su reposada persona matar ningún rapaz. A su regreso, se dio cuenta de que Perucho le había cogido muchísimo cariño a la criatura, y que Nucha consentía que estuvieran juntos, pues así la niña no lloraba. Al ver a Perucho, la “nené” se deshacía en risas, y le manoseaba la cara, tirándole del pelo encantada. En una de estas los sorprendió Julián bañándose juntos, y Nucha comentó que parecían hermanos. A Julián se le transformó la cara, y ella lo comprendió todo, pues hecho al niño a empellones y llamó al ama para que se encargara de la chiquilla, para poder hablar seriamente con Julián. Él intentó desmentirlo todo, pero no surtió efecto. Encolerizada, le suplicó que hablara con su marido para que los echara, pues no los quería allí. Afuera, Perucho lloraba amargamente, y en silencio, pues no comprendía que había hecho mal, cuál había sido su error para que le quitaran a la niña y, de repente, lo trataran tan mal.
    Mientras tanto, se estaba librando una batalla política. Habían llegado las elecciones, y se disputaban el mando dos bandos bien diferenciados. Uno era el de Barbacana, que tenía un gran apoyo por parte de muchos hombres y eclesiásticos, pues defendía una monarquía absoluta. El otro era el de Trampeta, que aunque tenía las de perder, contaba con grandes ayudas económicas, y defendía una monarquía democrática, libre y abierta.
    En los Pazos hubo gran revuelo; el marqués apoyaba el conservadurismo de Barbacana, y Primitivo tenía sospechosas reuniones en rincones escondidos del castillo.
    Trampeta se encolerizó al ver metida a la persona del marqués de Ulloa en todo esto.
    Mientras tanto, en el castillo se arregló la Iglesia, y Julián y Nucha pasaron largas horas entre santos. En una de estas encontró el capellán a Nucha algo rara, y le horrorizo descubrir marcas de golpes en sus muñecas. Se acercó y le tomó las manos, recordando la paliza a Sabel, cuando entraron los más distinguidos curas, con el señor, haciendo una visita, y los sorprendieron, malinterpretando la escena.
    Con todo lo de las elecciones, se rumorearon cosas muy feas sobre los Pazos. Trampeta descubrió que Primitivo le robaba dinero a su amo, y luego se lo prestaba, con intereses, y así financiaba la política, y el Arcipreste de Naya se indignaba ante los comentarios de Sabel, Perucho y Don Pedro, y los ahora añadidos sobre Julián y Marcelina.

    Capítulos 26-30

    Julián notaba las malas miradas de los eclesiásticos, pero le dolía más ver a la señora afligida. Más de una vez había querido escribir a su padre, para que se la llevara de allí, y confiaba en que el marqués se marchara, para ganar votos, y se la llevara consigo, haber si se arreglaban un poco, pero le dolía el pensar en separarse de la niña.
    Más nada de eso sucedió. Las elecciones fueron amañadas, y ganó Trampeta, que salió ruidosamente a celebrarlo, delante de la casa de Barbacana, rodeado de borrachos. Esto molestó a su ex adversario, y sus hombres los sacaron a garrotazos de la calle, pero la batalla ya había sido perdida.
    La que más sufrió con las elecciones fue Nucha, que cayó muy enferma. Llamaron al médico, que dijo que podría ser grave, y Julián se volvió a sentir inútil, pues solo podía ofrecerle la confesión, que ella no le daba, y que por otra parte tampoco él quería, pues de bien seguro se turbaría enormemente. En una de las misas Nucha se armó de valor y echando a Perucho de la capilla le rogó que la ayudara a huir con la niña a casa de su padre, y que se fuera con ella; que le pedía todo aquello porqué su angelito corría riesgo, pues molestaba al bastardo en la sucesión del poder. Él aceptó, y se pusieron a tramar un plan que los ayudara a escapar. Mientras tanto, el rapaz, que tenía órdenes de avisar a su abuelo le dijo que se habían quedado solos en la capilla, y este partió al bosque en busca de su amo. Como que al niño le habían prometido dos cuartos por la información, fue a reclamarlos, y su abuelo le prometió otros dos si le contaba lo que le había dicho al marqués. Fue corriendo y se lo contó, y cuando este partió se dirigió poco a poco a casa, pero en el camino vio, escondido, algo horrible: la muerte de Primitivo en manos de un hombre, a disparo de trabuco. Asustado, corrió hasta el castillo, y al llegar encontró a Don Pedro, muy enfadado, en la capilla, gritando a Nucha y a Julián. El chiquillo comprendió que ahora llegaba el momento en el que su amo perdía los estribos y pegaba a la mujer, y asustado por la niña se la llevó a un pajar, y allí, bien escondidos, se quedaron ambos dormidos. Mientras tanto, Julián abandonó los Pazos velozmente.
    El eclesiástico fue desterrado durante diez años a un pueblecito humilde, de gente sencilla, donde le anunciaron la muerte de su señora Nucha. Más tarde, lo devolvieron a los Pazos, creyendo que ya había terminado su “castigo”. A su regreso encontró un pequeño mausoleo donde descansaban los restos de Nucha, y lloró amargamente. Para su sorpresa, vio a un Perucho adolescente, bien vestido, y acompañado de una niña de unos diez años, que se parecía enormemente a su madre Marcelina, aunque iba tristemente vestida con harapos.

  2. “Ya desde 1900, en efecto, doña Emilia dejaba ver que se sentía incómoda redactando preámbulos. En la carta-prólogo que figura como pórtico a la novela de Lorenzo Prytz, Rara Avis, da por hecho que todo el mundo conoce su decisión de no escribir más prefacios y justifica dicha decisión categórica fundándose en varias razones:

    Ya sabe usted que no hago prólogos. Es una quisicosa esta de los prólogos, que ha llegado a causar tedio. Obliga a mil eufemismos y fórmulas retóricas, detestables para mí, que voy sintiendo en el alma, cada día más vivo, el deseo de dar al traste con infinitos convencionalismos de las letras. ¡Siempre decir lo mismo! ¡Siempre iguales alardes de modestia, iguales flexiones imaginarias de espinazo, como si fuese el público tan fácil de engañar! ¡Siempre arañazos confitados en lisonjas! Digamos de una vez con el gran poeta italiano y cambiando una palabra:

    Odio Pusata… letteratura.

    Y no la hay más usada, retocada, falsa, hueca, pérfida, embustera y manida, que la de los prólogos.

    Doña Emilia Pardo Bazán.”

    Mi abuelo era Don Lorenzo Prytz y Antoine, autor del Rara Avis escrito en el año 1900. Alguien sabe como conseguir un ejemplar de la novela?
    Gracias.

  3. Muy buena informacion, gracias.


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